lunes, 28 de julio de 2008

Abro mi corazón para evitar que otras personas lloren

La experiencia no consiste en el número de cosas
que se han visto, sino en el número de cosas que
se han reflexionado.

José María de Pereda
Escritor español, 1833-1906



Recuerdo con toda claridad el efecto de un puño
cerrado en la mandíbula, que increíblemente no
duele tanto en el hueso que recibe el golpe, sino que es
el cuello la parte adolorida. El dolor se clava por toda
la espina dorsal, como una centella, que va dañando
y dejando un arco de dolor a medida que se va extendiendo.
De ahí, seguramente, la persona, agredida por
sorpresa, irá directamente al suelo. Total, no ha sido
un solo golpe, sino que son dos contragolpes más los
que sientes a la vez. El cuello y la cadera reciben
simultáneamente el impacto. Quizás caigas sobre el brazo o
sobre una pierna y apenas estes tratando de racionalizar
la situación cuando te emprenden a patadas en el
estómago que tratas inútilmente de cubrir a la vez que
luchas en vano por proteger la cara o la espalda.
¿Cómo defenderme si el miedo me paraliza y si en
el fondo me sentía culpable? Mi mente me acusaba en
lugar de defenderme: “te has buscado cada golpe porque
te agrada”, porque no puedes vivir, como decía mi
marido, sin una “alineadita”. No puedo pedir socorro,
pensaba entre patada y puño. Sudaba de miedo y jadeaba
terriblemente, pensando en escapar sin dejar de
tratar de protegerme. Si gritaba, ya lo sabía, las cosas
serían peores. En el fondo detestaba la violencia, pero
es más fácil aceptarla cobardemente que enfrentarla.
Total, si resistía un poco más, saldría bien librada y
mientras pensaba que todo iba a terminar, recibía
la punta de un zapato, que se clavaba sin piedad en
mi falsa costilla. El dolor ahora se concentraba ahí,
vibrando y doliendo todo a la vez. De la boca, sanguinolenta
y temblorosa, escapaba un jadeo de dolor.
Una mezcla de grito silencioso y quejido, acompañado
de gorjeos de ira, soberbia y despecho; pero el puño
llegaba una y otra vez y aunque había tratado de incorporarme
y conservar la dignidad, acababa gateando
hasta el próximo rincón y allí, humillada en posición
fetal, trataba de sobrevivir encogiéndome como una
contorsionista.
Experimentando oleadas de rabia, de impotencia,
de frustración, y sintiendo que el miedo se convierte
en pánico, en esos instantes, no me servían de nada los
años pasados en la universidad, las relaciones públicas o
sociales o mi experiencia laboral, porque me encontraba
desamparada, sin un ápice de cerebro funcionando,
ya que mis sentimientos habían paralizado toda lógica
y solamente podía pensar en que si gritaba pidiendo
auxilio y él se sentía atacado, podía costarme la vida.
Seguramente en la trifulca intenté defenderme,
posiblemente porque mis reflejos se guiaban por el
deseo de sobrevivir; le había propinado unas cuantas
palmadas, quizás lo agarré del pelo y traté inútilmente
de defenderme dentro de mis posibilidades femeninas,
pero ¿qué efecto puede tener una mujer contra la
fuerza bruta de un loco drogadicto, entrenado en un
gimnasio y en peleas callejeras?
Cuando por fin terminó la paliza, apenas si podía
moverme. Es verdad que el cerebro registra un solo
dolor a la vez y así tenga uno 100 golpes, siempre
habrá una parte del cuerpo que es la más adolorida.
Era muy posible que a los 15 días, tal vez bañándome
o desnuda ante un espejo, descubriera moretones
más grandes que una moneda de dólar, que apenas
relacionaba con la paliza.

Miré a mi alrededor y apenas conseguí ponerme
en pie y contemplar con ojos distraídos el desorden.
El vestido lo tenía desgarrado en 4 o 5 jirones. Mi pelo
lucía como el de una persona electrocutada. Uno de
mis ojos tiene un tinte negro, que me hace recordar
una propaganda de un perro con una mancha en un
ojo. Tengo un golpe rojizo en un pómulo y un moretón
oscuro en la quijada; cada uno de estos golpes, en un
lado distinto de la cara, con lo que mi faz luce distorsionada
y grotesca. Me arrastro al baño y examino mi
costilla, que tiene una mancha oscura bajo la piel. Ni
pensar en palparla, porque solo pasar los dedos suavemente
por el bulto de tres centímetros de diámetro
me hizo gemir dolorosamente. Al revisar las piernas
encuentro en el muslo izquierdo una huella enrojecida,
producto de una de las patadas, mientras las espinillas
tienen hundidas en el hueso las marcas de la puntera
del zapato, solo que estas se sentirán cuando haya
bajado la hinchazón; son estas patadas en las piernas
las que causan mi desgarbado caminar.
A estas alturas de la vida y después de haber
recibido unas 100 palizas peores o semejantes, me
daba por bien librada físicamente. Con andar rengo
me arrojo en el sofá de la sala, la cual luce como el
escenario de un campo de batalla. La lámpara de pie
está grotescamente tirada sobre un sillón. Las rosas
rojas, que con tanto cuidado coloqué ayer en un búcaro,
yacen desparramadas sin ninguna elegancia en el
piso, rodeadas de los pedazos de cristal de lo que fue
hasta ayer un fino jarrón de cristal de bacará. El agua
ha corrido entre las losas del piso de la sala y refleja
nuestras pisadas. Miro distraídamente el cenicero
que yace en el suelo; la colilla que contenía ha rodado
a tres pies. El agua alcanzó la ceniza y muestra una
mancha grisosa en la blanca baldosa. También por la
reyerta, uno de los velos de la cortina de la sala yace
grotescamente desgarrado en el piso. El control de la
televisión lo encuentro debajo de la mesa de centro
y mi hermosa mata de helecho, que era mi orgullo,
tiene huellas de un cuerpo (el mío) que ha caído pesadamente
al recibir el primer golpe. Quizás a esta
planta se deban algunos rasguños en el cuello. Pienso
que tal vez el helecho fue mi primer destino, antes de
caer pesadamente al suelo, y que por eso más de 30
hojas del mismo cuelgan quebradas de la maceta. La
fina porcelana (de las pocas que habían sobrevivido
a las crisis económicas), aquella en la que un enamorado
acompaña a su amada que está recostada en un
columpio, tenía al joven descabezado y rotos el arco
del columpio y la mano de la doncella.
Me dejo caer pesadamente en el sofá y por algunos
instantes permanezco casi fundida en él, solo mi
agitada respiración da cuentas de mi existencia. Tengo
ganas de vomitar y el peso que siento en el pecho no
se debe a los golpes físicos, sino al efecto del estrés.
Trato de controlar las náuseas y de empezar a respirar
rítmicamente, visualizando un lago azul, calmado y
sereno y pretendiendo que esa calma venga a mi vida,
pero los sollozos me lo impiden.
Vivo así, sintiendo que amo a la persona que
abusa de mi, y confundo mi necesidad de protección
y de compañía amorosa, con una especie de sadomasoquismo,
que escapa de todo estereotipo, porque
es algo que sin saberlo nos envuelve destruyéndonos
moral y físicamente.
Pero ¿cómo poner un punto final a esta situación?
Primero que todo, analicemos este tipo de relación
y comencemos por entender ¿qué es el amor?
El amor es un sentimiento que nos hace proteger a
la persona que amamos. Si el amor es protección, ¿no es
mi obligación como ser humano protegerme a mí misma
de vivir escenas como esta en mi vida personal?
Aquí debo defenderme y pensar seriamente en las
consecuencias funestas que acarrea una vida violenta,
empezando por el plano físico.
¿He pensado alguna vez qué pasaría si el golpe en
el ojo provoca un desprendimiento de retina? ¿Puedo
amarme tan poco como para arriesgar la luz de mis
ojos en una relación como esta, movida por un mal
sentimiento que tercamente llamo amor? ¿No debe
empezar una persona por amarse a sí misma?

¿Merezco tan poco en la vida que por no quererme
a mí misma, me esté arriesgando a condenarme a
vivir ciega? ¿Quién va a alimentarme? Seguramente
no mi pareja, porque si se enfada por situaciones que
tienen solución, el saber que está condenado a cuidar
y alimentar a una ciega, seguramente hará que me
trate con más dureza que ahora, porque estando ciega,
seré un estorbo en su vida, una carga indefensa, y si
me golpea ahora que puedo verlo, y defenderme, ¿qué
no hará cuando dependa de él para sobrevivir? ¿Quién
me va a vestir? ¿Quién me va a bañar? ¿Quién va a
cuidar mis cosas? ¿Qué será de las cosas que amo,
como mis plantas, mi perro y las cosas que cuido y me
gusta ver hermosas? ¿Podré sentirme feliz privada de
contemplar un atardecer o un amanecer?
Siendo ciega, ¿lo amaré como debo amar a un
esposo o compañero? ¿No voy a odiarlo como seguramente
muchas personas ciegas odian el bastón que
las ayuda, sabiendo que este “bastón” es el causante
de la ceguera que sufro?